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¿EXCLUIR A LOS NIÑOS?

Podría ser muy complicado para muchos darnos cuenta del rol tan pasivo que tienen la mayoría de adultos que a simple vista logramos distinguir como simples observadores acostumbrados a todo lo que ven, sin el más mínimo esbozo de su antigua capacidad de asombro infantil, esa que le ha dado todo el progreso a la humanidad, es increíble pensar que quienes podría decirse que tienen reales capacidades transformadoras y productivas, influencia en mayor o menor grado ante la sociedad y un cierto margen de credibilidad son aquellas personas resignadas, quejumbrosas y melancólicas que no aprovechan en lo más mínimo sus capacidades, habilidades y conocimientos para construir patria y sociedad, sino que, por el contrario se limitan a postrarse frente a un televisor a ver y oír única y exclusivamente lo que los dueños de los medios quieren mostrar, una paupérrima cooperación con el bienestar social en el cual por supuesto se encuentra el suyo propio.
Pero por otro lado los seres inocentes que aún no han sido contagiados de la pandemia que es la costumbre, los niños, los investigadores por excelencia, los únicos lo suficientemente sensatos para aceptar que no conocen todas las respuestas pero que por cualquier medio las buscan y desean fervientemente el poder encontrarlas, lastimosamente en este mundo “adulto”, hemos tomado la decisión de suprimir todo lo que la infancia representa a una determinada edad, por el simple hecho de creer que la fantasía no impulsa, que la utopía no inspira deseos de caminar, por creer que importa el destino y no la senda, lo que nos encierra en una caótica búsqueda de algo, un algo individual e independiente, pero que carece de real significado, aceptamos que nuestra vida sea un viaje hasta un punto en específico, ignorando todos los sucesos por los que caminamos a diario para buscar ese fin, ese fin frívolo e inútil, vacío en todo sentido cuando no se toma como un niño.
Por este fin, meta, destino o como deseen llamarlo, me refiero obviamente a la felicidad, lo cual es un gravísimo error, creer que la felicidad es un fin tiene el mismo nivel de sensatez que el hecho de decir que se quiere caminar por la senda más hermosa del mundo para llegar a una tienda de cacharros; me refiero a que la felicidad radica más que en el fin, en el camino, consiste en disfrutar cada instante, es fundamentalmente decidir pararse a ratos a admirar el paisaje en lugar de simplemente caminar lo más a prisa posible pensando en llegar a un sitio en el que al final será evidente que la real pérdida de tiempo no habría sido detenerse para observar, sino que fue trabajar arduamente por un fin indigno de tal esfuerzo.
Es por estas razones que veo como una necesidad fundamental resaltar el valor del niño en la decadente sociedad posmoderna, valorar realmente la importancia que tiene la visión del mundo a través de los ojos de los niños, su facultad de aprendizaje, su capacidad de asombro tan magnífica, su conocimiento honesto y sencillo de quienes les rodean tanto así como su incansable deseo y la creciente motivación a encontrar y descubrir cosas nuevas, capacidades que han tenido todos y cada uno de los reales soñadores que han logrado cambiar al mundo, independientemente si para bien o para mal. Es de vital importancia para la sociedad el darnos cuenta de que todo es impresionante, que pueden ser cosas innombradas las más bellas y que nombrar un objeto o explicar una reacción no debe quitar para nada la sorpresa ni el asombro por la capacidad de apreciarlo.
A modo de conclusión quisiera aclarar que no interesa realmente todo lo que sepamos o creamos saber acerca del mundo, los planetas, átomos y cualquier otra cantidad de conocimientos fundamentalmente inútiles si no se usan para que la humanidad y cada uno en particular logre alcanzar tanto su felicidad propia como una armonía colectiva, comprensiva y tolerante en la que podamos finalmente acabar con la competencia que no es más que la absurda búsqueda por mi felicidad a costa de la tragedia de muchos otros; en mi humilde opinión creo que, pensando como niños, aprendiendo a respaldarnos los unos a los otros y fundamentalmente abandonando el orgullo, mal primordial de la sociedad actual, podremos surgir de las cenizas en las que nos encontramos actualmente y así emprender la senda hacia la utopía que si bien puede ser el horizonte y alejarse un paso cada vez que avanzamos carece de toda importancia llegar a dicho lugar inalcanzable, sino mejor, en primer lugar aprender a caminar juntos, pues cuando se camina con otro se pueden dividir las cargas y multiplicar todas las alegrías.
De este modo, pues, los invito a pensar como niños, a sorprenderse de las cosas simples y perdonar a quien de una u otra manera los pudo ofender.

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